   Después que recobrado el alma había
la carne y huesos que en la muerte arroja,
la gran sentencia apareció en la impía
frente, en arruga transparente y roja.

   A aquella vista, como débil hoja
la multitud infiel se estremecía:
cual en las plantas que el Cocito moja,
cual en el hondo lago se escondía.

   Vergonzoso intentaba aquel precito
arañando su rostro con la mano
borrar la tersa marca del delito,

   más y más la aclaraba su afán vano:
que Dios entre sus sienes la había escrito;
ni sílaba de Dios borra el humano.