   Sobre el musgo reseco la serpiente tranquila
fulge al sol, enroscada como rica diadema,
y en su escama vibrátil el zafiro se quema,
la esmeralda se enciende y el topacio rutila.

   Tiemblan lampos de nácar en su roja pupila,
que columbra del buitre la asechanza suprema,
y regando el reflejo de una pálida gema,
silbadora y astuta por la grama desfila.

   Van sonando sus crótalos en la gruta silente
donde duerme el monarca de la felpa de raso;
un momento relumbra la ondulante serpiente,

   y cuando ágil avanza y en la sombra se interna,
al chispear de dos ojos suena horrendo zarpazo
y un rugido sacude la sagrada caverna.