   Del bosque umbrío bajo el manto espeso
que la luna alumbraba misteriosa,
en un lecho de musgo hallé a la diosa
dormida del cansancio al dulce peso.

   Despertarla intenté de su embeleso
por saber si era tierna cuanto hermosa,
y con blando rozar de mariposa
dejó mi labio en su mejilla un beso.

   Más ¡ay! que inmóvil continuó y callada
y viendo yo mi aspiración burlada
junto a la estatua yerta sentí frío;

   y aunque seguí admirándola por bella
como el alma inmortal no hallaba en ella
al fin mi admiración se volvió hastío.