   Me levanté febril, sin hacer ruido
a media noche; y cautelosamente,
fui a tu estancia, pensando amargamente:
-¡Podré matarlo cuando esté dormido!-

   Por tu abandono el corazón herido,
lloraba sangre! Con furor creciente
a ti lleguéme... Te encontré sonriente,
de blanco sueño en el profundo olvido!

   ¡Cuán bello estabas! Por un breve instante,
a la luz de la lámpara, mis ojos
vieron de Apolo el poderoso encanto!
¡Entonces recordé que fui tu amante!

   Junto a tu lecho me postré de hinojos,
dejé el puñal y me deshice en llanto!...