   Cual enjambre de alegres mariposas
impulsadas por ávidos empeños,
en el jardín de los ardientes sueños
van el mirto a buscar entre las rosas.

   Del alma de las bellas ruborosas
con sutiles astucias se hacen dueños,
y ellas con risas o fingidos ceños
a su vez los enlazan caprichosas.

   Y después del combate por la gloria
de alcanzar un ferviente «yo te adoro»,
les queda sólo a veces por memoria

   algunas dulces cartas desgarradas,
algún rizo o retrato ya incoloro,
o algunas tristes flores deshojadas.