   Ayer, en la cajita misteriosa
que encierra tus recuerdos adorados,
entre ramos de mirto deshojados,
otra prenda encontré, la más preciosa.

   Tu pañuelo, con mano temblorosa
desdoblé, y en los pliegues perfumados
con aromas ya casi evaporados,
desolada oculté la faz llorosa.

   ¡Cuántas veces con él acariciaste
mi frente, si dormida entre tus brazos,
no despertaba a tus alegres risas!

   ¡Oh, viento que mi dicha arrebataste!
Como hizo el cruel mi corazón pedazos,
llévaselo en tus alas hecho trizas.