   ¡No me nombres jamás a otras mujeres!
Yo no anhelo saber si tus hermosas
sílfides son, o se parecen diosas...
Las odio a todas porque tú las quieres.

   ¡Cállate, por favor! No más alteres
mis sombrías pasiones silenciosas;
cual furias del Averno, tumultuosas
se alzarán contra ti, si me ofendieres!

   Mas perdona... ¡Oh, dolor! Yo bien ansío
doblar el cuello como dulce oveja,
y tras el golpe, acariciar tu mano!

   ¡Pero dueña no soy de mi albedrío!
¡Quien manda en mí, y el crimen me aconseja,
es sólo el corazón, el gran tirano!...