   Un día, y no por cierto muy remoto,
en un congreso con afán urgente,
tratose de elegir un presidente
sin intriga, sin riña ni alboroto.

   Yo que allí estaba atisbo y ando y troto
cuento, gracias a ser tan diligente,
con la unanimidad de aquella gente,
y ¿qué vine a sacar? Un solo voto.

   «Ese voto, me dio un gran juramento,
fue el mío», y lo juro por el bautismo;
y otro tanto escuché de más de ciento.

   Pero aunque me lo tachen de egoísmo,
quiero decir para acabar el cuento,
que había yo votado por mí mismo.