   Yo cifraba, mi Dios, todo mi anhelo
en aquella mujer que fue el bien mío
y, muerta ya, mi hogar deshecho y frío
sólo es morada de amargura y duelo.

   No protesto ¡ay de mí! no me rebelo,
ni en medio del dolor blasfemo impío;
Tú, sumo Dios, en cuyo amor confío
hiciste bien en reintegrarla al cielo.

   Mas, pues la ves y pues me ves, Dios santo,
dila que resignado con mi suerte
te bendigo y te adoro en mi quebranto.

   Que mi dolor inmenso se convierte
en inmensa pasión; que la amo tanto
que vivo de su amor, pese a la Muerte!