   Pero aquella mujer inimitable,
de inteligencia grande y poderosa,
justa, noble, pacífica, amorosa,
de conciencia cristiana insuperable;

   mi Madre, en fin, la que encontró execrable
la ingratitud y la llamaba odiosa,
¡te hizo siempre justicia, y orgullosa,
te quiso con ternura incomparable!

   Yo, ante esta ejecutoria, inmaculada
por proceder de tan excelso origen,
y cuya validez se te ha negado,

   siento aliviarse el alma acongojada
de todos los pesares que la afligen
¡y doy gracias a Dios de haberte amado!