   Juntó nuestras dos almas de tal suerte
aquel inmenso amor que nos unía
que Dios solo entre sí las distinguía:
¡así fue nuestra unión de íntima y fuerte!

   Pero la Muerte mísera no advierte
cuál es el alma tuya y cuál la mía,
¡y juntos padecimos la agonía,
y de un golpe a los dos mató la Muerte!

   Verdad que yo, que te adoraba tanto
amortajé después tu cuerpo yerto
y te enterré, ay de mí, bañado en llanto!

   Pero para mí el mundo es un desierto
y a mí nadie me lleva al Camposanto,
¡aunque también estoy, como tú muerto!