   No me atrae hacia Ti mi hondo quebranto,
ni el hallarme tan solo y abatido,
que Tú, Virgen del Carmen, siempre has sido
mi amor más puro y mi mayor encanto.

   Mas si en horas felices te amé tanto,
y tu divino amor busqué rendido,
ahora que estoy tan triste y dolorido,
¡cómo no he de acogerme a tu amor santo!

   ¡Y ya que tu hermosura me fascina,
consérvame la vista y la memoria
para llevar grabada en la retina,

   cuando deje esta vida transitoria,
la dulce imagen de tu faz divina,
celestial anticipo de la gloria!