   ¡Cuán bella sois, señora! Lo sois tanto,
que yo no vi jamás cosa más bella;
miro la frente y pienso que una estrella
mi senda alumbra con un brillo santo.

   Miro la boca, y quedo en el encanto
de la dulce sonrisa que destella;
miro el áureo cabello, y veo aquella
rede de amor que tendió con tierno canto.

   Y de terso alabastro el seno y cuello,
los brazos y las manos, finalmente,
cuanto de vos se mira o bien se cree,

   es admirable, ¡oh, sí!..., y a pesar de ello,
permitid que os lo diga osadamente:
mucho más admirable es aun mi fe.