   ¡Ah!, os lo ruego, ojos míos, quered serme corteses;
suministradme llanto, brindadme la fontana
que no se seca nunca, del agua de mi pena;
¡por esta vez al menos suministradme lágrimas!

   Siento un dolor tan fuerte que vela mi garganta,
que me hiela la sangre y mi hálito retiene,
y siento que me lleva la muerte de la mano
a donde los pastores son grandes como reyes.

   Me viene este dolor de un íntimo deseo
de ver, estando ausente, las gracias de mi vida,
ya presto a abandonarla, y de besar de nuevo

   su pecho nacarado, de ver sus lindos ojos,
su mano diminuta, su gracia peregrina,
y morir en sus labios de púrpura y de oro.