   Aquella suave y dulce madrugada
tan llena de clemencia y de piedad
para calmar la angustia y la ansiedad,
quiere sea por siempre celebrada.

   Sólo ella, cuando amena y esmaltada
irradió, dando al mundo claridad,
vio cual se separó una voluntad
de do no volverá a verse apartada.

   Sólo ella vio los llantos, suyo y mío,
que de unos y otros ojos derivados
juntándose formaron vasto río.

   Y escuchó unos acentos apenados
que podían tornar el fuego frío
y dar paz a los pobres condenados.