   Un hombre enfermo de ojos se dolía,
y un médico tirano lo curaba,
y entrando a visitarlo, le hurtaba
una alhaja de casa cada día.

   Y por poder llevarle cuanto había,
la cura de los ojos dilataba
hasta que ya entendió que no quedaba
cosa alguna que fuese de valía.

   Los parches le quitó muy denodado,
y díjole: «Cumplido es tu deseo;
págame, pues ves que te he sanado.»

   El miró acá y allá; «mas antes creo,
le respondió, que es cierto que he cegado,
porque en toda mi casa nada veo.»