   Contando con la ayuda de Jheováh,
me interné por la estepa del Agréh,
llegando, sano y salvo, a Devayeh,
donde tuve el honor de ver al Shah.

   Cubierto de riquísimo surah
y leyendo el grandioso Shah-Nameh,
hallémelo, de nuevo, en Boureydéh,
punto en que lo guardaba el padischáh.

   ¡Pero que sol! ¡Ni el hielo de Sandóh,
ni los árticos musgos del Suróh
refrescan las llanuras de Ghutníh!

   Entre abrasada arena fui a Barkúh,
y me embarqué asfixiándome en Tarkúh,
maldiciendo el calor de Osmanfalíh!