   Cuando cantas en dulce melodía
la Oración de la Virgen, me parece
que otra vez el Arcángel aparece
y se postra a las plantas de María.

   De aquel hondo misterio la alegría
mi espíritu levanta y ennoblece;
la niebla se disipa, y esclarece
la estrecha senda que el Empíreo guía.

   Hoy que tu pura voz ha enmudecido,
entre el cielo y el mundo denso velo
van poniendo las sombras del olvido...

   ¡Ay! canta, Emilia, que escucharte anhelo,
para mirar de nuevo establecido
el contacto del mundo con el cielo.