   La esclavitud en el mar adora,
y la miseria en los altares clama;
la pena llega a Dios, cuando lo llama;
el hombre llega a Dios, cuando le implora.

   Ya la estatua del mundo vencedora
no es el guerrero que postró la fama;
es el martirio que a Nerón infama;
es el pecado que en el templo llora.

   Los que lloráis...¡amad!, grande y fecundo
rompe el amor los lazos con que oprimen
el vicio infame y el dolor profundo.

   Ante sus altar esperan los que gimen;
una explosión de amor, dio vida al mundo,
otra después, lo redimió del crimen.