   Yo la juraba amor; por fiel trofeo
mi vida la ofrecí con mis destinos;
sus ojos grandes, cándidos, divinos,
contemplaban mi loco devaneo.

   Como tiemblan las almas al deseo
temblaban los remansos cristalinos;
el ruiseñor cantaba entre los pinos
los cantos de Julieta y de Romeo.

   Recordando un amor que es maravilla,
«Tú serás mi Isabel», grité con pena
doblando en su presencia la rodilla;

   y ella me dijo con su voz serena:
«Ya me duele el estómago, Marsilla;
convídame a cenar, que no estoy buena.»