   Yo quisiera mostrarle por oír sus sollozos
las heridas que llevo dentro del corazón...
¡Si supieras...! Evocan oquedales de pozos,
la congoja y la angustia de la Crucifixión.

   ¿Quién dijera que un día su boquita escarlata
-la mendiga ardorosa de mis besos de amor-
transmutara en doliente carcajada que mata
la divina sonrisa de sus labios en flor?

   En sus ojos ha muerto la visión de los ángeles;
ya no late el recuerdo de los bellos arcángeles
que en los sueños de rosa nos vieron a los dos.

   La perfidia del mundo mancilló su conciencia,
y tiñó de negrura su fatal transparencia...
¡Hoy ya vive alejada de la mano de Dios!