   ¡Virgen adiós! Si arrebatado un día
juzgué en tu seno reclinar la frente,
al mirar tu pupila refulgente
que el fuego del amor humedecía;

   cuerdo a la voz de la conciencia fría
la flecha arranco de mi pecho ardiente,
al verte en el festín, indiferente
al mudo amor y la constancia mía.

   Jamás mi lengua murmuró turbada
¡piedad de mí que delirando muero!
Mas hoy parto... Y escucha, desgraciada:

   El beso grave de mi amor postrero
era digno, en tu frente avergonzada,
del casto beso de tu amor primero.