   Como el gimnasta vive del trapecio,
él vive de la cátedra sagrada:
sube al púlpito erguido, con mirada
arrogante y con aire de desprecio.

   Escupe, agita el brazo, chilla recio,
aturde el templo con su voz cascada ,
y aunque habla mucho sin que exprese nada,
admira su oratoria el vulgo necio.

   Es un santo, es un hombre docto y grave,
dicen, el magistral Luis Elice,
y el eco lo repite por la nave.

   Mas yo juro, aunque al vulgo escandalice,
que es un barbián que dice lo que sabe
y no sabe jamás lo que se dice.