   Bajo un radioso oscintilar de estrellas
lloraban los melífluos surtidores
la divina canción de sus dolores,
hecha ruegos, suspiros y querellas.

   Dejaban en la grama tenues huellas
tus levísimos pasos... Y las flores
-iris de seda. embriaguez de olores-
se erguían más lozanas y más bellas.

   Rompió la calma tu feral servicia,
quedando sepultada la caricia
de tu voz en un áspero reproche.

   Lloró angustiada mi esperanza rota,
y en vuelo fantasmal de ave en derrota
se internó en la tiniebla de la noche...