   Bajo el nirvana de la tarde quieta,
que amaraba el letargo del villaje,
otorgóme la gloria de su ultraje
tu enojo de dulcísima Julieta.

   Desmayaba el crepúsculo violeta
-radioso panorama de miraje-
en el sueño encantado del paisaje,
que hirió de Febo la postrer saeta.

   Sollozó tu pueril resentimiento
en la cadencia de tu suave acento,
deshaciéndose en gamas melodiosas.

   Desarmado quedó mi anhelo impuro;
y puntearon de luz el cielo oscuro
las rútilas estrellas temblorosas...