   Vagábamos, sin rumbo, en la pradera
lozana y rutilante de verdura...
Yo encontraba en tu mórbida ternura
un fragante dulzor de primavera...

   Me arrobaba la gracia milagrera
que prestigia tu heráldica hermosura
cuando, grave, lanzó en la villa oscura
el Ángelus su nota lastimera...

   Corrió por la llanura solitaria
el ritmo angelical de tu plegaria,
en un vuelo de súplicas piadosas...

   Y ascendió hasta los cielos encantados
la dulce ingenuidad de tus pecados,
buscando absoluciones milagrosas...