   Con una pertinacia monocorde que aduerme
cae la lluvia en el viejo villorrio familiar,
y yo me entrego al canto de las aguas inerme,
y con vivos deseos de sentirme arrullar.

   Reclino sobre el banco de trabajo la frente,
y en mi interior alcázar, solo, me reconcentro,
mientras la lluvia vierte su pertinaz nepente
y me hundo en la casa familiar más adentro.

   Y así, en derredor mío, las aguas tienden una
cortina impenetrable de sombras y sonidos
que enclaustran totalmente mis ávidos sentidos.

   (Canes enflaquecidos que ladran a la Luna)
y experimento así, abstraído en mi verso,
el placer de sentirme solo en el Universo.