   «Cazaban por docena las perdices...
aquellos marrulleros viejancones...,
y del cielo lagartos a millones...
caían, bulliciosos los matices.

   Caños de sangre echó por las narices...,
a fuerza de tan bravos empujones...,
mientras, por si son pares o son nones...,
cogían a puñados las lombrices.

   Allí vieras con cuanta travesura...
recorrió el ciego la mansión terrestre...,
antro de la miseria y la tortura.

   Y yéndose después al circo ecuestre...,
con la más halagüeña desventura...
gateó por un álamo silvestre.»