   Surgiste, emperatriz de los altares,
esposa de tu dulce nazareno,
con tu atavío pavoroso, lleno
de piedras, brazaletes y collares.

   Celoso de tus júbilos albares,
el ataúd te recogió en su seno
y hubo en tu místico perfil un pleno
desmayo de crepúsculos lunares.

   Al contemplar tu cabellera muerta
avivose en tu espíritu una incierta
huella de amor. Y mientras que los bronces

   se alegraban, brotaron tus pupilas
lágrimas que ignoraron hasta entonces
la senda en flor de tus ojeras lilas.