   Con la superstición de mis condales
insignias y cuarteles de altos brillos,
puse sitio de amor a tus castillos
invictos de asperezas virginales.

   Rompieron fuego en lides ancestrales
los ojos de reptil de mis zarcillos
y bárbaros collares de colmillos
de hienas y panteras imperiales.

   Como una misa de hórrido holocausto,
forjó la tarde en tu carmín infausto...
Sobre el escudo de tu sexo fuerte,

   golpeó tres veces mi pujante armada,
y en el clavel de tu ciudad Rosada
clavé mi sádico pendón de muerte.