   Anoche vino a mí de terciopelo
sangraba fuego de la herida abierta;
era su palidez de pobre muerta,
y sus náufragos ojos sin consuelo...

   Sobre una mustia frente descubierta,
languidecía un fúnebre asfodelo,
y un perro aullaba, en la amplitud de hielo,
al doble cuerpo de una luna incierta...

   Yacía el índice en su labio, fijo
como por gracia de hechicero encanto,
y luego que movido por su llanto,

quién era al fin le interrogué, me dijo:
«Ya ni siquiera me conoces, hijo,
¡si soy tu alma que ha sufrido tanto!»
