   Ya de regreso en Roma, se pasea
por el Foro, Pilatos, distraído,
cuando un nombre que al paso hirió su oído
despierta en él aletargada idea.

   ¡Ah!, sí -dijo- recuerdo la ralea
que lo seguía hasta el pretorio erguido...
Un tal Jesús, en Nazaret nacido,
cabeza de motín, muerto en Judea.

   Aquel rabino, humilde y misterioso,
perturbador del orden, sospechoso,
su nombre al culto dio de esos cristianos.

   ¡Jesucristo! Persiste en mí su historia
y mi fallo indeciso en la memoria:
¡se impuso el pueblo y me lavé las manos!