   Ven, suspirada noche, y dirigiendo
tu denegrido carro por la esfera,
a la ciudad, el monte y la pradera
ve con rápidas sombras envolviendo.

   Ven, y sopor balsámico vertiendo,
tus pasos tenebrosos aligera,
pues anhelante Flérida me espera,
a mi pasión mil glorias prometiendo.

   Si a mis súplicas das fácil oído,
y misteriosas velas con tu manto
los goces y delirios de amor ciego,

   inmolarte prometo agradecido
un gallo rojo y negro, cuyo canto
importuno perturba tu sosiego.