   Juntos los dos contemplan desde altiva terraza
a Egipto adormeciéndose bajo un cielo asfixiante,
y hacia Sais y Bubastis corre el río gigante
en torno al negro Delta que sus ondas rechaza.

   El invicto soldado, bajo la gran coraza,
cautivo de un ensueño infantil y distante,
siente contra su pecho como tiembla anhelante,
el cuerpo voluptuosos que estrechamente abraza.

   Ella desató al viento sus oscuros cabellos
y le ofreció sus labios, de fugaces destellos
una lluvia dorada sus ojos despedían.

   Inclinóse el ardiente Imperáter romano,
y en esos grandes ojos vio un inmenso océano
donde errantes galeras derrotadas huían.