   Aquella tarde en que partí, veía
sobre el azul del firmamento, neta,
surgir en lontananza la silueta
del pintoresco fuerte del Vigía.

   A los rayos del sol resplandecía
albo y gentil, con expresión coqueta;
y sobre la montaña, la viñeta
de una página bella parecía.

   Volaba el tren... Una estación y un río
quedaron muy atrás; luego, un bohío...
Y la albura del fuerte allá en el cielo

   se extinguió lentamente, como muere
la dulce despedida de un pañuelo
suspendido por alguien que nos quiere.