   ¿Qué prodigioso imán, que hechicería
guardaba el mármol de la mesa aquella?...
¡Limpio, sin quebraduras y sin mella,
ninguno como él nos atraía!

   Brindábamos allí, día tras día,
por nuestra vida jubilosa y bella,
y no turbó jamás una querella
aquel cuadro perenne de alegría.

   El grupo se rompió cierto verano.
¡Todo lo cambia el tiempo y lo derrumba,
y ahora soy un tranquilo ciudadano!

   Y aquel mármol, revuelto en la balumba,
cuando lo veo en el café cercano
me parece la losa de una tumba.