   Tarde de procesión, tarde serena
en que te conocí y me enamoraste;
alegre tarde aquella en que dejaste
de amor y poesía el alma llena.

   Eres hermosa, complaciente y buena.
Cuando yo te miré tú me miraste
y luego sonreíste y te ocultaste
con virginal rubor, pero sin pena.

   En tu sonrisa juvenil y fresca,
que subrayó mirada picaresca,
adiviné yo un mundo de alegrías.

   Y pienso al recordarte tristemente,
que nunca más aureolará mi frente
aquel buen sol de mis primeros días.