   Amigo cariñoso en apariencia
y en realidad verdugo, de mi suerte
decide a su capricho con el fuerte
poder de su satánica elocuencia:

   en torpe desaliento, sin clemencia
toda viril aspiración convierte
y triunfa y hace luego que despierte
voraz remordimiento en mi conciencia.

   Tú lo sabes, Dios mío, la mezquina
loca pasión, el vergonzoso miedo,
la duda y el estéril egoísmos

   son armas con que lucha y me domina...
¡Véncele Tú, Señor, que yo no puedo,
no le puedo vencer, pues soy yo mismo!