   Las hadas que en las tardes bonancibles
descienden a la margen de la fuente,
cuando rizan la onda transparente
los besos de las brisas apacibles;

   las que en los juncos verdes y flexibles
reclinan mustia la abatida frente
buscando alguna tregua a la doliente
memoria de desdichas ostensibles;

   no son «las desposadas del ensueño»,
son hadas que errabundas peregrinan
desierta el alma del placer risueño,

   y sin ver en su senda flor alguna,
sollozantes y pálidas caminan
huérfanas del amor y la fortuna.