   Queden las galas otra vez guardadas:
el cinturón de plata, el blanco traje,
el chal sedoso de nevado encaje
y los ramos de flores perfumadas.

   Ya pasaron las horas agitadas
en que el asedio del pesar distraje,
regresando las alas sin ultraje
y de suaves aromas impregnadas.

   Pero tú, terco corazón, persistes
en conservarte indiferente y frío;
como has ido al sarao, así volvistes,

   y siempre melancólico y sombrío
sigues soñando con fantasmas tristes
y latiendo ¡infeliz! en el vacío.