   Hay un Dios, me lo dice el alma mía,
la tierra de otro mundo es el camino:
para el hambre y la sed del peregrino
el desierto arenal la palma cría.

   Yo tengo sed y hambre. La alegría
por siempre huyó del corazón mezquino,
y ya no pido a mi cruel destino
el bien que allá en mis sueños le pedía.

   Deshechas ya mis ilusiones veo
como pedazos ¡ay! de mis entrañas,
y ni temo, ni espero, ni deseo.

   ¡Oh tú que en mi aislamiento me acompañas!
¿En quién he de creer si en ti no creo,
y a quién he de volver si tú me engañas?