   ¿Por qué funesto error, por qué demencia
hemos venido a tan infame estado
que a disfrazar las llagas del pecado
no basta ya la hipócrita apariencia?

   La virtud, la hidalguía, en la experiencia
de su estéril valor se han estrellado,
y mi patria feliz es ya un mercado
en que se vende a gritos la conciencia.

   No hay gloria, no hay dolor, no hay sacrificio
que por viles parásitos hambrientos
no se convierta en propio beneficio.

   Y la gangrena avanza por momentos,
y bajo el ancho pedestal del vicio
restallan del Estado los cimientos.