   No hay pena, no hay dolor, hermosa mía,
que yo no arrostre por tus lindos ojos;
esclavo viviré de tus antojos
en tanto que a mi amor tu amor sonría.

   Preso en tus dulces lazos noche y día;
bebiendo el néctar de tus labios rojos,
¿cómo sentir los pérfidos abrojos
que del mundo falaz cubren la vía?

   ¡Adorarte y no más! Este es mi oficio,
y no hay afecto ni pasión profana
que no venza mi amor en tu servicio.

   ¡Mas soy flaco mortal, hermosa Juana!
Pídeme de mi sangre el sacrificio,
y déjame dormir por las mañanas.