   Ser ciego es percibir el universo
en una dimensión desconocida;
es no hablar del dolor ni de la herida,
o hacerlo sólo en música o en verso.

   Es batallar con denodado esfuerzo
por alcanzar la meta prohibida;
es inventarle encantos a la vida,
para ganársela al destino adverso.

   Es perseguir con decidido paso
el suelo de oro y el esquivo anhelo,
sin temor la tropiezo ni al fracaso.

   Es intuir la beatitud del cielo,
y ver a Dios. Y, la niña, si es caso,
adivinar tus ojos y tu pelo.