   Si la justicia yace encadenada
con la muerte en la pálida mejilla,
y el torpe que la inmola triunfa y brilla
de laureles la frente coronada;

   si va por rudo látigo azotada
y el mismo sacerdote la amancilla,
clavándole en el pecho la cuchilla
y rasgando su túnica sagrada;

   Sé tú el brazo de Dios que la defienda,
el alma tuya ríndele en trofeo;
no en el mercado sin pudor se venda

   por vil y degradado fariseo;
y tendrás al morir en la contienda
tumba como Catón y Galileo.