   En un playón del bajo Magdalena,
que lame el agua con su oleaje mudo,
hay un árbol fantástico, desnudo
de toda pompa, en medio de la arena.

   Igual a mí con majestad serena,
resiste el golpe de huracán sañudo:
solos y sin verdor... yo te saludo:
compañero, la misma es nuestra pena.

   Una tímida garza cruza el cielo
y de aquel tronco en las calladas ruinas,
refrena el blando y silencioso vuelo;

   y encima de esos míseros escombros,
se me parece a ti... cuando reclinas
tu cabecita frágil en mis hombros.