   Desde aquel día refrené la amarga
obsesión de morir; y con paciencia,
madre, por ti, llevé de la existencia,
calladamente, la penosa carga.

   Hoy que el recuerdo de tu amor embarga
mi corazón, resurge tu presencia
de mártir en la sombra y la clemencia
de esta noche tan lúgubre y tan larga.

   Oígote alzar tus fervorosas preces,
y, por poner a mis temores traba,
ocultarme tu angustia; cuántas veces,

   por no hacerme sufrir -¡tarde lo entiendo!-
contuviste la tos que te mataba...
pues, sin saberlo yo... ¡te ibas muriendo!

   Aún te miro -con el alma loca
por el pesar- tendida sobre el suelo;
de tus pupilas empañado el cielo,
sangre manando la entreabierta boca.

   ¡Me perece que aún mi mano toca
tu frente blanca y fría como el hielo,
y que me abrazo a ti, con un anhelo
furioso, como el náufrago en la roca!

   Beso otra vez tu boca inanimada,
como una flor de nieve empurpurada
por la sangre que rápida caía...

   Y oigo mi grito, el formidable grito,
que voló de mi pecho al infinito;
aquel grito de: «¡Muerta! ¡Madre mía!»

   Terriblemente pálida a tu lecho
te llevé... y vi, por la hemorragia rojos
tus labios mustios; tus abiertos ojos
grandes y ascuosos, fijos en el techo.

   Te entrelacé las manos sobre el pecho,
y tus miembros, aún tibios y flojos,
palpé aturdido... y ante tus despojos
permanecí, de un hálito en acecho.

   Fue lentamente congelando el frío
tus facciones augustas y serenas;
quedó tu cuerpo rígido y... vacío;

   porque bajo tu carne de azucenas,
también huyó con el sangriento río,
hasta el azul del cauce de tus venas.

   Al verte, madre, entre los brazos presa
de la Parca, ceñíme a tus despojos,
y con mis dedos, te cerré los ojos,
cumpliendo así mi funeral promesa.

   ¡Cómo es la vida! Aquella tarde, ilesa,
del sol poniente ante los rayos rojos,
de un crucifijo al pie, puesta de hinojos,
yo dejádote había; y ¡oh sorpresa!

   Tornaba aquella tarde más dichoso
a tu lado que nunca; de repente
entre a tu cuarto; hallélo silencioso...

   Y, al buscar tu mirada y tu sonrisa,
con tu cadáver tropecé... ¡y hay gente
que afirma aún que el corazón avisa!

   ¡Ah, pobre madre mía idolatrada:
yo te juré vivir mientras vivieras;
y aunque bien sé que sin cesar me esperas,
tú no quieres que acorte la jornada!

   ¡Porque tú estás en mí reconcentrada,
como si el todo de mi vida fueras:
«¡Madre -te juré yo- mientras no mueras,
esta existencia atroz será sagrada!»

   ¡Y como tú no has muerto -aunque a la fosa
dicen que te llevé- porque te siento
junto a mí, más querida y cariñosa,

   no sé si al exhalar mi último aliento,
hoy por mi voluntad, madre piadosa,
será o no quebrantar mi juramento!