   ¡Qué! ¿por qué nada el porvenir me guarde
buscaré, luchador desfallecido,
el rincón solitario del olvido
para morir allí triste y cobarde?

   ¡Jamás, mi corazón, jamás! Aun arde
bajo tu dura nieve comprimido
el fuego de un volcán. No estás vencido,
y para combatir jamás es tarde.

   Lucharé y venceré. Todo se inmola
de amor ante el esfuerzo, temerario;
y en mi alma, del amor bajo la aureola,

   como Dios en el alma del santuario,
bella, serena, indestructible y sola
resplandece la imagen de Rosario.