   ¡Oh las tardes de junio. Es un santuario
la tierra de flotantes oraciones
que ascienden a las límpidas regiones
como espirales blancas de incensario!

   La ermita desde el pobre campanario
esparce sus aladas vibraciones,
y regresan, cantando los peones
de las fatigas del trabajo diario.

   De la florida y susurrante rama,
como un himno triunfal surge el gorjeo,
y entre tanto rumor que se derrama

   predomina el monótono voceo
que pertinaz y quejumbroso llama
a las vacas mugientes al rodeo.