   Parece que, suspenso en su carrera,
quedóse el sol en el cenit clavado;
sigue el agua su curso fatigado
y la arena del margen reverbera.

   En el bosque cercano desespera
el silencio de muerte que ha reinado,
y apenas se oye el canto desolado
de la torcaz medrosa y plañidera.

   Salta un ciervo: a los vientos interroga,
hunde sus secas fauces con anhelo
en la corriente que su sed ahoga;

   asustada una garza tiende el vuelo
y como nube solitaria boga
por el azul espléndido del cielo.